La contaminación agraria difusa ¿Qué es? ¿Cómo nos perjudica?

Información preparada por la alumna Ester Gismero Gil de la asignatura de Contaminación Ambiental y Biodiversidad del Máster Oficial en Técnicas de Caracterización y Conservación de la Diversidad Biológica

El ser humano lleva cultivando la tierra para obtener alimentos unos 11.000 años. Dicha práctica se basa en el uso los monocultivos para maximizar la producción (Capó Martí, 2002). En ellos se limita la diversidad de seres vivos de tal manera que solo permiten la
supervivencia de una especie y todas las demás especies de seres vivos son consideradas como malas hierbas, en el caso de los vegetales, o plagas, en el caso de mamíferos, aves e insectos (Capó Martí, 2002).

El uso de sustancias químicas de origen natural empleadas para el control de plagas es una práctica que se remonta 2000 años atrás como el extracto de flores de crisantemo por los Persas. Sin embargo la llegada de revolución industrial en el siglo XX trajo
consigo nuevas tecnologías y el aumento de población lo cual incrementó la necesidad de producir mayores cantidades de alimento, de tal manera que la creación de sustancias químicas que incrementasen la productividad (fertilizantes) y que permitieran controlar las plaguas que amenazaban al buen funcionamiento de los sistemas de cultivo (plaguicidas) se convirtió en una necesidad en países desarrollados (Capó Martí, 2002).

La agricultura se ha convertido en una actividad tan extendida por todas las partes del planeta y por tal variedad y cantidad de profesionales que resulta imposible identificar
el foco de emisión de sus contaminantes, por ello se ha establecido la denominación de contaminación agraria difusa. La contaminación industrial, a diferencia de la agraria se caracteriza por emitir vertidos de fácil control ya que el foco de contaminación se  encuentra próximo al emplazamiento de la fábrica.

Dicha contaminación agraria por biocidas y fertilizantes tiene un rango de acción muy amplio ya que no solo están presentes en el tiempo en que los cultivos están en fase de desarrollo o crecimiento, sino posteriormente, en las fases de almacenaje, transformación y distribución (Moreno Grau, 2003). Además unos contaminantes representan más riesgo que otros ya que influyen factores como la composición química,
naturaleza, función y cantidad vertida.

Los efectos potenciales de los biocidas o pesticidas se pueden clasificar (Sánchez-Bayo, 2012) en:

(1) Atendiendo a los organismos a los que van dirigidos u organismos diana. Se encuentran herbicidas, insecticidas, fungicidas, acaricidas, rodenticidas, molusquicidas,
algicidas, nematicidas, reguladores del crecimiento de plantas y feromonas artificiales. Los más empleados son los herbicidas que generalmente afectan a plantas y algas alterando las rutas de la fotosíntesis; insecticidas que alteran el sistema nervioso y mecanismos fisiológicos de artrópodos y fungicidas que inhiben diversas rutas metabólicas de hongos.

(2) Atendiendo al método de aplicación. Los pesticidas se pueden distribuir en formar de granulados, mezclados con semilla, vertidos directamente a los canales de agua o pulverizados sobre los campos. Las tres primeras aplicaciones provocan envenenamientos de primer orden en los organismos que los consumen y la aplicación pulverizada tiene una letalidad muy rápida ya que provoca alteraciones en el tracto respiratorio y la piel. Los depredadores de estos organismos sufren un envenenamiento de segundo orden.

Las mismas propiedades que hacen efectivos y útiles a los biocidas agrarios contra los organismos que afectan a los cultivos, los convierten en potenciales elementos peligrosos para el medio y otros seres vivos; de tal manera que se crea un efecto contrapuesto (Sánchez-Bayo, 2012). Existe un efecto positivo ya que se puede abastecer de alimento a toda la población en contraposición al efecto negativo del empeoramiento del buen
estado del medio ambiente.

A pesar de los esfuerzos de las administraciones el control y establecimiento de normas regulatorias que vigilen las consecuencias de la sobreexplotación de terrenos agrícolas se hace muy complicado debido a la gran cantidad de focos de emisión en conjunto con
las diversas  variables climáticas y condiciones ecológicas.

Ante esta situación prima la necesidad de educar a los agricultores en la problemática actual y en prácticas sostenibles, además de la mejora del diseño de las normas de actuación cuando se detectan posibles focos de vertidos.

 

Capó Martí, Miguel (2002): Principios de ecotoxicología. Diagnóstico, tratamiento y gestión del medio ambiente. Madrid: McGraw-Hill Profesional.

Moreno Grau, María Dolores (2003): Toxicología ambiental. Evaluación de riesgo para la salud humana. Madrid: McGraw-Hill Profesional.

Sánchez-Bayo, F. (2012). Impacts of Agricultural Pesticides on Terrestrial Ecosystems. Ecological Impacts of Toxic Chemicals. Eds. Francisco Sánchez-Bayo. Bentham e-Books.

¿Deberíamos dejar de comer pescado?Bibliografía – The Conversation

Esta es la lista de bibliografía detallada correspondiente al artículo.

  1. Weichselbaum, E., Coe, S., Buttriss, J. & Stanner, S. Fish in the diet: A review. Nutrition Bulletin 38, 128–177 (2013).
  2. Gil, A. & Gil, F. Fish, a Mediterranean source of n -3 PUFA: benefits do not justify limiting consumption. Br. J. Nutr. 113, S58–S67 (2015).
  3. Juneja, L. R. et al. Evolutionary Diet and Evolution of Man. The Role of Functional Food Security in Global Health (Elsevier Inc., 2019). doi:10.1016/b978-0-12-813148-0.00005-0
  4. Fara, G. M. Nutrition between sustainability and quality. Ann. Ig. 27, 693–704 (2015).
  5. Silbergeld, E. K., Silva, I. A. & Nyland, J. F. Mercury and autoimmunity: implications for occupational and environmental health. Toxicol. Appl. Pharmacol. 207, 282–292 (2005).
  6. Salonen, J. T. et al. Intake of Mercury From Fish, Lipid Peroxidation, and the Risk of Myocardial Infarction and Coronary, Cardiovascular, and Any Death in Eastern Finnish Men. Circulation 91, 645–655 (1995).
  7. Mohiuddin, A. K. Nutritional Value and Associated Potentials Risks of Seafood Consumption. Biomed. J. Sci. Tech. Res. (2019). doi:10.26717/bjstr.2019.19.003332
  8. Barbone, F. et al. Prenatal mercury exposure and child neurodevelopment outcomes at 18 months: Results from the Mediterranean PHIME cohort. Int. J. Hyg. Environ. Health 222, 9–21 (2019).
  9. Vejrup, K. et al. Prenatal mercury exposure and infant birth weight in the Norwegian Mother and Child Cohort Study. Public Health Nutr. (2014). doi:10.1017/S1368980013002619
  10. Mozaffarian, D. & Rimm, E. B. Fish Intake, Contaminants, and Human Health: Evaluating the Risks and the Benefits. JAMA 296, 1885–1899 (2006).
  11. Domingo, J. L., Bocio, A., Falcó, G. & Llobet, J. M. Benefits and risks of fish consumption. Part I. A quantitative analysis of the intake of omega-3 fatty acids and chemical contaminants. Toxicology 230, 219–226 (2007).
  12. Myers, R. A. & Worm, B. Rapid worldwide depletion of predatory fish communities. Nature 423, 280–283 (2003).
  13. PNUMA. GEO-4. Perspectivas del medio ambiente mundial. Perspectivas del Medio Ambiente Mundial GEO 4: medio ambiente para el desarrollo (2007).
  14. FAO. El estado mundial de la pesca y la acuicuiltura 2018. Cumplir los objetivos de desarrollo sostenible. (2018). doi:CC BY-NC-SA 3.0 IGO
  15. Cheung, W. W. L. et al. Projecting global marine biodiversity impacts under climate change scenarios. Fish Fish. 10, 235–251 (2009).
  16. Páez-Osuna, F. The environmental impact of shrimp aquaculture: Causes, effects, and mitigating alternatives. Environmental Management 28, 131–140 (2001).
  17. Ashton, E. C. The impact of shrimp farming on mangrove ecosystems. CAB Reviews: Perspectives in Agriculture, Veterinary Science, Nutrition and Natural Resources 3, (2008).

Ojiplática me quedo: según GreenPeace, la dotación económica de los bomberos rurales del gobierno de Nueva Gales del Sur era inferior a 43 000 €

Si esa esa cantidad insignificante es para la lucha contra-incendios, no quiero pensar en cuánto dedica el gobierno de ese Estado a la prevención, siempre el patito feo de los presupuestos. En caso de ser cierto, lo cual estimo probable, entonces es comprensible que los Australianos estén sufriendo semejante debacle.

Este verano he tenido la fortuna de viajar por Australia y sus inmensas extensiones de bosques, selvas y desiertos. Parte importante de la visita la hemos dedicado a los parques naturales, gestionados en gran medida por los pocos aborígenes supervivientes de un verdadero genocidio cultural, muy bien descrito en la película Australia. Es muy impactante para los que somos amantes de la Naturaleza encontrar los parques abrasados por el fuego. Más impresionante es oír que son los propios aborígenes los que prenden fuego a entre el 30% y el 50% cada invierno.

Provenir de un país mediterráneo, donde los incendios son frecuentes, hace que estés familiarizado con ciertas prácticas, como por ejemplo, los cortafuegos, la eliminación de toda vegetación alrededor de las casas tradicionales, así como la eliminación de la vegetación más cercana a las carreteras. Eso hace que nuestros paisajes parezcan más degradados que las preciosas masas verdes que rodean casas y carreteras francesas, alemanas o inglesas ¡Qué bonitas! ¿Verdad?  Pero sabemos que es el precio que tenemos que pagar para evitar que fuegos incontrolados en verano arrasen las casas de campo o causen accidentes de tráfico mortales.

Los aborígenes australianos describían cómo en su cultura de cazadores-recolectores, las tradiciones y reglas relativas a la quema de la vegetación era muy estricta y trabajosa. Debían realizarse en ciertos periodos del año, relacionados con los ciclos vitales de ciertos animales, plantas. No por casualidad, esos periodos eran en otoño-invierno. Tampoco era casualidad que eligieran momentos en los que el viento soplaba con la intensidad y orientación adecuada para permitir que los incendios fueran controlables ¡Y no solo eso! Sino que en sus “estándares de calidad incendiaria” se ponían como objetivo que el incendio fuera suficientemente lento como para que la fauna pudiera refugiarse y escapar. Sí, es verdad que todo narrado con la lírica poética propia de las tradiciones orales, incluidos los seres mitológicos. Pero a buen entendedor…

Con los aborígenes tienes la sensación que te explican las cosas con cierta hartura e incluso antipatía. Ahora entiendo que deben de estar hartos de que los nuevos pobladores del continente les tilden de pueblos primitivos y les intenten “enseñar” cómo gestionar adecuadamente un territorio natural con nuevas corrientes “ecologistas” que implican no interferir en la naturaleza. En el parque nacional de Kakadu, cerca de Darwin, los aborígenes parecían mantener suficiente dignidad y amor propio como para ironizar sobre cómo, por encima del desprecio que recibían sus costumbres ancestrales,  las modernas prácticas “verdes” del “hombre blanco” terminarían por permitir la explosión de incendios devastadores que destruirían por completo los ecosistemas que ellos llevan manteniendo durante generaciones.

Es el momento de reconocerles que sí, que tenían razón. Y no es porque sean capaces de “hablar” con sus antepasados gracias a sus ceremonias y ritos. Ellos saben empíricamente cómo gestionar un territorio dominado por vegetación pirófila: la quema controlada de parte del bosque es imprescindible para el mantenimiento del ecosistema. Es una pena que hayan tenido que morir decenas de personas, millones de animales, arder miles de casas y que, probablemente, algunos de esos ecosistemas que los aborígenes conocían tan bien desaparezcan para siempre.

Para acabar os voy a decir otra cosa, aunque pueda sonar a disculpa o autobombo. Los científicos también lo sabíamos. Llevo muchos años escuchando a ecólogos especialistas en ecosistemas áridos hablar de los ecosistemas pirófilos y de la necesidad de permitir periódicamente incendios controlados para mantener estos hábitats. Prevenir los incendios durante demasiado tiempo sólo logra que las propias plantas acumulen yesca y la rieguen con resinas incendiarias que convierten todo el ecosistema en una bomba incendiaria diseñada por la selección natural.

Es hora de que la gestión del territorio se rija por principios técnicos y científicos. Los ciudadanos y los políticos deben dejarse asesorar por los que llevan años estudiando. Intentar proteger nuestros intereses sectoriales y económicos es de justicia. Ser ecologista y verde también está muy bien, proteger nuestro medio ambiente es tarea de todos. Pero proponer las medidas adecuadas es tarea para los profesionales formados en Universidades y Centros de Investigación. Si son públicos, mejor, más libres de ataduras de grupos de interés particular. En algunas ocasiones pueden parecernos chocantes sus propuestas, incluso estrafalarias, costosas y radicales, pero, dado que invertimos nuestros impuestos en sus sueldos, y mandamos a nuestros hijos a sus clases ¿No sería lógico fiarnos también para la gestión ambiental?

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El calentamiento global y la actividad humana están debilitando las barreras de aislamiento en la zona

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La polución en Madrid mata: ¿por qué no actuamos ya?

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